
Tres máquinas expendedoras de entradas adquiridas a través de Internet colocadas delante de lo que antes fueron 2 ventanillas en las que se vendían esas mismas entradas, y que ahora permanecen cerradas.
Apuesto a que SkyNet empezó así...





Ayer vi en TV una noticia que me hizo ver con total nitidez porqué nunca acabará el terrorismo en España.Durante el juicio a un etarra, éste, calvo y con una mirada llena de rabia y odio, y metido dentro de una especie de urna de cristal, señalaba con el dedo una y otra vez al juez que se sentaba al otro lado de la jaula del hombre calvo. Mientras lo señalaba le gritaba que le iba a matar, a arrancarle la piel a tiras, que le iba a volar la cabeza de 7 tiros y que a ver si tenía cojones de meterse en la urna de cristal con él.Daba patadas en los cristales, y puñetazos. Mientras, no dejaba de repetir una y otra vez la misma palabra dirigida al juez: “fascista”. Me pregunto si el calvo sabía realmente lo que significa esa palabra: probablemente la aprendió hace ya muchos años en algúna taberna de San Sebastián, durante alguna reunión con otros futuros terroristas tan feos y encabronados como él. Y desde entonces es su palabra favorita, aunque ni siquiera conoce su significado real.
Pero suena bien, tiene fuerza la palabra: “Fascista ¡! “ , “fascista ¡!!”. Seguro que se mira en el espejo justo después de cepillarse los dientes y mientras pone cara de tío peligroso dice: “fascista!!” , “fascista ¡!”
Suelo tender a imaginarme a los terrorisistas siempre metidos en alguna casa rural de estas típicas del norte, rodeados de bosque y plantas llenas de gotas de agua de la lluvia caida la noche anterior, tramando algún nuevo asesinato en una habitación llena de humo de cigarrillos y con la barba de una semana sin afeitar, mientras en una pequeña TV arrinconada en una esquina emiten imágenes del telediario en las que aparece un asesinato que ellos mismos acaban de cometer.
Esta persona despertó en mí una enorme curiosidad: por mi cabeza sólo viajaba una y otra vez la misma pregunta: cómo es posible que alguien pueda llegar a meterse tanto en su papel de defensor de una causa? Sea la causa que sea.
Quiero decir, el hombre calvo se levantará por las mañanas y lo primero que pensará será “vaya, un día más siendo aplastado y oprimido por el estado fascista español”? desayunará antes de pensarlo, o lo hará después?
Siempre me ha asombrado la gente que se cree tanto algo, lo que sea. Los que se van a alguna fuente de alguna plaza de alguna ciudad a emborracharse y pegar gritos como locos cuando "su" equipo ha ganado algo, los que van todos los domingos puntualmente a la iglesia, los que no se pierden ninguna manifestación de su partido político preferido llueva o haga frío o calor, los que se declaran acérrimos enemigos del aborto o de las drogas, y en fin de todo el que tiene una idea clara e inamovible sobre cualquier cosa. Creo que todas esas personas en realidad no se han parado nunca ni siquiera 10 minutos a pensar en eso que defienden o demonizan: simplemente creen que su postura es la mejor y la que la sociedad en la que les ha tocado vivir apoya, y que los demás están todos equivocados y son una minoría. De alguna forma envidio la capacidad de estas personas para tener opiniones claras y formadas sobre cualquier cosa: yo soy incapaz de hacerlo. Porque creo que todo, o prácticamente todo en la vida, depende de cómo se mire. Nada es blanco o negro. Ojalá lo fuera, qué fácil sería todo entonces. Qué seguro de mí mismo podría estar entonces.
Creo que el hombre calvo encerrado en su jaula de cristal tiene que haber tenido una vida vacía, anodina, sin nada que realmente merezca la pena. Probablemente tenía un trabajo de mierda, vivía en un pueblo de mierda y frecuentaba unas compañías de mierda. No ligaba nada porque ya desde muy joven empezó a ser víctima de la alopecia y empezaron a surgir en su rostro los rasgos de persona violenta y llena de odio que hoy en día luce tras su jaula de cristal. Y es difícil vivir en un perpetuo vacío. Muy difícil. Vivir sin tener nada, siendo un paria más, un esclavo más del sistema en el que vivimos todos: pero claro no es lo mismo ser un esclavo con una tía buena a tu lado, 20 millones en el banco y un BMW último modelo, que ser un esclavo sin tener dónde caerse muerto en algún pueblo de mierda perdido por el norte del País Vasco. El hombre calvo fue llenando su corazón de odio hacia el mundo, hacia lo sociedad, hacia los hijos de puta que tienen BMWs último modelo. También sus ojos empezaron a inundarse de odio. Su odio y su ira crecían día a día, sin nada que los frenase, sin nada a lo que aferrarse y que llenara su vacío interior, su miserable existencia de mierda. Y entonces poco a poco se fue acercando al mundo de ETA.
Porque allí encontró un asidero para su vida, encontró un lugar en el cual poder depositar todo su odio y su frustración. Y llenar su vacío.
Pero no se limitó a eso, sino que además fue rodeándolo de ideas políticas que otros le iban dictando día a día. Le dictaban odio. Palabra por palabra. Y cada día tenía más y más odio envasado al vacío dentro de su puta bola de billar. Y cada día se levantaba con más odio dictado que el día anterior. Y un día se despertó por la mañana, a oscuras, y sintió que tenía algo raro en las manos. Se levantó y fue a verse al espejo: y allí estaban: tenía unas cuerdas de color negro que le atravesaban los dedos de las manos y subían hasta el cielo. Cinco cuerdas en cada mano, una para cada dedo: y las cuerdas empezaron a cobrar vida, desde el cielo, e hicieron que sus manos subiesen y bajasen como si tuvieran vida propia; arriba y abajo, arriba y abajo. Y luego las cuerdas hicieron que su mano derecha aferrara con fuerza una pistola 9 mm Parabellum. Y en cada cuerda, si mirabas con atención, podía verse como fluía todo su odio, se veía un chorro de odio que salía de sus manos y subía hasta el cielo a gran velocidad. Un flujo infinito de odio.
Un día salió de su casa rural rodeada de bosque y plantas llenas de gotas de agua de la lluvia caida la noche anterior, con su mano derecha sujetando la pistola, atravesada por las cuerdas que le obligaban a seguir adelante, tirando de él. Y ese día le pegó un tiro en la cabeza por la espalda a otro ser humano. Y se sintió bien. Por fin había dejado de sentir el vacío en su interior. Y cuando volvió a casa, miró las cuerdas que atravesaban sus manos y ya no eran negras...ahora eran rojas.
No creo que nunca, ni el hombre calvo ni ninguno de sus compañeros terroristas, se atrevan a cortar las cuerdas que atraviesan sus manos. Ya forman parte de su ser. Porque es lo único que tienen: su odio.
Este es el link al vídeo de la noticia:
http://www.elmundo.es/elmundo/2006/09/07/espana/1157623156.html

La suave luz que atraviesa la gruesa persiana de la ventana hace que se creen sombras a mi alrededor: y esas sombras forman formas. Y todas esas formas son terribles: son el mal en estado puro. Rostros que me observan expectantes. No puedo moverme: no quiero moverme: encojo los pies para que no se me queden fuera de la cama, meto de un solo movimiento rápido dentro de la cama el brazo que pendía por un lateral tocando el suelo. De esta forma no podrán cogerme, tirar de mí y arrastrarme hacia su mundo infernal y demente y sucio. A su mundo de muerte, mentiras y sangre y asesinatos y destrucción. Y ríos de semen, y putas vestidas de cuero y látigos, gordas con tripas enormes que se ríen a carcajadas y me hacen gestos con las manos para que me acerque a elles y me absorban y me metan dentro de sus estómagos llenos de serpientes negras y rojas. No quiero vivir en la Oscuridad con vosotros, malditos cerdos hijos de puta. No me llevaréis.
Pero sobre todos los demás siento la presencia de uno.
Esta noche Él viene a por mí.
Me incorporo sobre mis brazos y miro por la ventana...y lo veo: puedo ver reflejado en el cristal el rostro de un demonio de cara roja como la sangre que me mira sonriente, con una boca enorme.
Vuelvo a meterme en la cama: pienso:
Es tan frágil el hilo que separa la cordura de la locura..y yo he estado en tantos momentos a punto de romperlo...incluso creo haberlo roto y después haberlo vuelto a unir los pedacitos con mis manos, con mucho cuidado... , como si me resistiera a habitar para siempre en ese mundo que habitan todos aquellos que una vez rompieron el hilo, no pudieron volver a unir sus trozos y ahora son capaces de ir más alla de lo que ven y piensan las personas normales: aquellos a los que llamamos Locos. Creo que ese es el mundo que ha estado desde siempre llamándome a sus filas.
oigo muchas respiraciones a mi alrededor: voces: No puedo más: enciendo la luz y trato de tranquilizarme: eres un tío normal, no estás loco, tienes una chica que, aunque tú gilipollas no entenderás nunca porqué, está loca por ti, te adora y daría lo que fuera por ti. Eso es lo que le da sentido a todo lo demás. Somos en la medida en que amamos. No somos en la medida en que odiamos. Sin amor nada es nada. Y tú lo tienes. Y estás aquí imaginándote todas estas cosas raras… por qué? no lo sé:
Sólo sé que esa cara reflejada en el cristal era parte de mí.
Š∑ЯGÎØ
Esta misma mañana. Miércoles, 9:30. Salgo de la estación de metro rumbo al trabajo. Ante mi se extiende una calle que parece no tener fin. Sí, de hecho, es infinita.


Hoy, el mundo es un poco más feliz, es sin duda un sitio mejor para vivir.
Hoy os voy a contar una bonita historia que me pasó hace algunos años... 7 para ser exactos. En ésa época yo no sabía muy bien qué hacer con mi vida. Sabía que me gustaban los ordenadores, sí, pero en la universidad no había visto nada que me hubiera interesado ni lo más mínimo. Más bien al revés: algunos días me quedaba dormido en las clases, otros simplemente prefería quedarme en el jardín del campus y no llegaba a poner un pie en las aulas en todo el día. A pesar de llevar rodeado de ordenadores desde los 8 años, la universidad nunca me interesó.
09:10 de la mañana. Dentro de 20 minutos tengo que estar entrando en la oficina. Estoy sentado en el interior de un abarrotado vagón de metro, leyendo la última novela de Paul Auster, titulada "Brooklyin Follies". Está guapo el libro, como todos los de Auster. Su novela "La Noche del Oráculo", me convirtió en un Yonki de sus libros. Justo delante de mí, de pie, hay una señora de baja estatura, con un claro problema de sobrepeso, que se aferra a una de las barras metálicas que sirven de sujeción cada vez que el vagón toma una curva. Temo que la señora se pueda caer en cualquier momento. Llevo unos auriculares insertados en los oídos que cumplen una doble función: entretenerme con la música, y aislarme del ruido que me asalta por todas partes: el estruendo infernal que producen los vagones del metro en su carrera por las profundidades de la Tierra, el desagradable sonido de silbato que suena cada vez que el vagón reanuda su marcha, las voces a gritos de la gente que viaja en compañía de alguien y con la que van manteniendo algún tipo de conversación, pugnando por superar el nivel de decibelios generado por el vagón y el sonido del puto silbato.
Son las 8:45 de una invernal y fría mañana cualquiera de otro lunes cualquiera. Como siempre, llego tarde al trabajo. Pienso que, aunque me joda, lo más sensato es coger un taxi. La otra posibilidad es ir sumando puntos para acabar en la lista del paro. Así que decido ir en taxi. A los 2 ó 3 minutos veo uno acercándose. Levanto el brazo para que pare junto a mí. Pero no me he fijado en que no lleva la luz verde encendida ni el cartel de "LIBRE", ligeramente inclinado hacia un lado (como todos los taxis), colocado en el espejo delantero. Porqué no harán la maldita lucecita verde más grande, joder. Asi no habría en el mundo tantos gilipollas como yo parando taxis ocupados.